Los celos: del estímulo a la patología

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Chocolates y bombones de lunes a viernes, ramos de flores los fines de semana y cenas con velas una vez al mes son los “rituales” que Agustín elige para conquistar a su amada; mensajes de texto cada diez minutos y llamados telefónicos en medio de la noche, son también “los rituales” para controlar cada movimiento. ¿Los celos son un aditamento que beneficia las relaciones o las torna patológicas? ¿Cumplen alguna función?

El asesinato de Desdémona en manos de Otelo representa una de las máximas expresiones del teatro universal, y es universal también la problemática de los celos en la pareja.

Según el diccionario de la Real Academia Española celo proviene del latín ‘zēlus’ que expresa ardor, deriva de un vocablo griego que significa hervir; definiéndolo como interés extremado y activo que alguien siente por una causa o por una persona. Abordando el fenómeno desde la Psicología puede decirse que los celos tienen una función universal y particular en la historia de la especie humana, ya que permite la construcción de relaciones monógamas y fieles; funcionan como un mecanismo de defensa a través del cual la persona garantiza la permanencia de su pareja y protege la relación de reales o potenciales intromisiones.

Según expertos una dosis de celos aporta erotismo al vínculo, así cada integrante se siente deseado, experimentando que el otro lo puede percibir como objeto de deseo de un tercero, evitando caer en la monotonía de la relación, dado que enriquece y motiva. En una pareja en la que el amor se traduce en valorar, confiar, desear y admirar al ser amado, los celos “normales” se relacionan con el temor a la pérdida y se tornan en una preocupación por preservar ese amor.

Cuando los celos no se corresponden con situaciones reales se fantasea sobre un sinfín de sospechas respecto de lo que el otro hace o siente. Celar y poseer son las dos caras de una misma moneda, cuando el temor desmedido acecha, afloran estados de ansiedad y nerviosismo secundados por la amenaza frecuente de la pérdida. Quien experimenta celos asemeja su rutina a la de un experto detective y vive en estado de alerta y vigilancia permanente: los comentarios y gestos de su pareja pasan a estar bajo la lupa;  controla horarios de salida y llegada; realiza una auditoría sobre amistades, compañeros de trabajo y el jefe se torna en un rival; revisa mensajes de texto, analiza con exhaustividad cada detalle en la vestimenta y vive tras indicios en la mayoría de los casos inexistentes; el objetivo se centra en asegurar la fidelidad o dar con las pruebas que corroboren “la aventura”.

Los celos desgastan la pareja y abren paso a la profecía autocumplida, pues quien vive observando y controlando genera cambios de comportamiento en el otro consecuencia de la persecución y el agobio; distancia y ausencia de diálogo abren paso al fin de la relación o lo que es peor la convierte en un tormento, desencadenando un vínculo violento.

Resulta difícil optar por pensamientos racionales y adaptados a la realidad cuando los celos son desmedidos, fortalecer la autoestima y desarrollar la autonomía son los primeros pasos para proyectar una relación enriquecedora. Construir a partir de la confianza y el diálogo, a sabiendas que los celos razonables pueden estar en todo vínculo aporta el condimento que mantiene viva la llama del erotismo. El amor llega, a veces inunda, los cuerpos arden y los vínculos se consolidan cuando la idea de poseer y controlar se aleja, Julio Cortázar lo sabía: “ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará”.

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